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María del Carmen Maqueo Garza
María del Carmen Maqueo Garza
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Coahuilense, médico pediatra, apasionada de la palabra escrita. Desde 1975 ha sido columnista en diversos periódicos regionales. Bloguera a partir del 2010. Participa activamente en el Taller literario “Palabras al viento”. Tiene varios libros publicados. Inquieta por la problemática social, en particular la relativa a nuestros niños y jóvenes. Sus colaboraciones invitan a asumir que la resolución de esos problemas es tarea común para todos. Su blog: https://contraluzcoah.blogspot.com/

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09 Agosto 2020 04:00:00
Historia que valida
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La COVID-19 se comporta como una hidra, se le decapita y de ese punto aparecen dos cabezas. En México la cosa es más compleja todavía: Además de la naturaleza intrínseca del virus, nos encontramos con un manejo político de la pandemia, plagado de cifras irreales por subregistro y ocultación, y recomendaciones contradictorias, que sugieren que un ícono religioso protege más que un cubrebocas.

El grave problema que tenemos en puerta corresponde al nuevo ciclo escolar. Por sentido común deberá emprenderse desde casa. Eso es el “qué” del asunto; ahora viene el “cómo” y es donde nos topamos con un panorama incierto. Se firmaron convenios con las principales televisoras nacionales, lo que ayuda, pero no resuelve. En una casa con tres escolares, no es posible tener tres televisores o suficiencia de aparatos electrónicos para una recepción híbrida, unos en el televisor, otros vía Internet… Por otra parte, ¿quién elaborará los contenidos? ¿cómo se evaluarán los resultados?... Estamos ante un problema con demasiadas aristas en un sistema de gobierno que deja las cosas para el último minuto, o pretende resolverlas mediante improvisación…

Corresponde a la sociedad civil ayudar a subsanar las carencias que tendrá este nuevo modelo de transmisión de contenidos. Difícil pensar en organizar legiones de abuelitos vigilantes a través de la tecnología. Alguien ha propuesto reunir pequeños grupos de niños de un mismo sector poblacional en una casa habitación, a cargo de padres de familia… Son soluciones precipitadas, riesgosas y que darán pobres resultados. Nos enfrentamos a un año escolar que los especialistas han denominado “de pérdida generacional”. No es para menos.

En mis afanes literarios, nunca he logrado crear un personaje verosímil que corresponda a un delincuente de cuello blanco, un asaltante callejero o un asesino en serie. Surgen mis tendencias maniqueas que me impiden empatizar con ese individuo a quien la sociedad cataloga como “muy malo” y al que, en ausencia de una figura de autoridad, -como venimos viendo- ahora se le ajusticia de manera violenta por parte de las víctimas potenciales. En redes sociales circularon esta semana videos de asaltantes de combi linchados, que traducen un hartazgo ciudadano que vuelve a los pasajeros cómplices por una causa común. Vuelcan toda la ira contenida en contra de uno o dos individuos que pretendían asaltarlos. Frente a sucesos como esos, me pregunto cómo sería la infancia de tales delincuentes, dónde estarían sus respectivos padres mientras fueron creciendo, o si, después de algunos asaltos en el día, regresan a casa satisfechos de sus logros económicos. ¿Les comprarán golosinas a sus niños, o fruta y pan para sus madres?... El sistema nos ha llevado a repeler de manera violenta a dichos personajes, así como el mismo sistema los ha llevado a ellos a comportarse faltos de empatía. ¿Qué es lo que sucede entonces?

La violencia extrema con que actúan los delincuentes y la que vuelcan quienes, a punto de ser víctimas se convierten en vengadores, nos lleva a imaginar qué traerán en la mochila de viaje. A adivinar por qué no se percibe una pizca de respeto en sus respectivos comportamientos. En lo personal regreso a un punto que he comentado en otras ocasiones: Actúan de este modo porque no han desarrollado amor a lo propio, ni a su persona ni a su tierra.

De aquí doy un salto cuántico para llegar al problema educativo originado por la pandemia: En el modelo tradicional nos han enseñado la historia como una serie de eventos lejanos que emprendieron algunos individuos --personajes planos de un cuento aburrido--, que consiguieron con su lucha o a costa de su vida, que hoy tengamos lo que tenemos, punto. No hay una verdadera empatía con los emperadores aztecas ni con los sabios mayas. No entendemos a Miguel Hidalgo como un ser humano singular, con aciertos y fallas, dueño de un liderazgo excepcional, que convenció al pueblo de luchar con todo. No visualizamos a Morelos ni a Juárez en tres dimensiones. No sacamos a Porfirio Díaz del paradigma del dictador, entonces lo odiamos. Ni entendemos a muchos forjadores de la historia de un modo más integral. Tal vez alcancen a salvarse Francisco I. Madero y Francisco Villa, a quienes sí acogemos como a unos Janos contradictorios, para finalmente reconocer lo bueno que nos legaron.

Nuestros niños y jóvenes tienen poco desarrollado el amor a lo propio. A su persona, a su familia, a su barrio. No conocen mucho del lugar donde viven, de sus calles y plazas. De las tradiciones locales. De lo que, finalmente, les otorga identidad.

Para salvar de que este año se pierda y por México, quienes no pertenecemos al sistema educativo formal tenemos mucho que hacer.

¿Comenzamos…?
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