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Gaby Vargas
Gaby Vargas
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Su pasión por aprender y su gran facilidad para transmitir conceptos complejos de una forma inspiradora y cercana la ha convertido en una de las autoras más leídas en México. Ha publicado 16 libros de diversos temas de desarrollo humano, el más reciente de ellos Energía, tu poder. Cada uno de sus libros ha sido best-seller. En su carrera, ha vendido más de dos millones de ejemplares. Gaby Vargas fue la primer asesora de imagen en México y ha compartido su aprendizaje e inspirado a miles de personas a través de conferencias en diferentes países; en programas en radio y televisión, así como a través de su columna “Genio y Figura” en los principales periódicos nacionales. Sus contenidos se publican en diversos medios y su sección “Mejor, con Gaby Vargas” se transmite todos los días a través de MVS Radio en todo el país. Maestra Certificada en HearthMath Institute y Enneagram Worldwide, utiliza técnicas que integra con su enorme acervo de recursos para compartir prácticas cotidianas que cualquier persona puede integrar a su vida para sentirse mejor y con más energía. Es fundadora de Fundación Marillac, AC, que otorga apoyo económico a mujeres de escasos recursos para que estudien la licenciatura en enfermería. Fundadora de la Fundación Balón por Valor, que inculca valores en niños del Estados de México a través del deporte.

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20 Septiembre 2020 04:07:00
¿Qué realidad construyes?
Los biólogos, aterrados por los gorilas salvajes, llegaron a las montañas cargados con armas poderosas con la capacidad de matar hasta a un elefante. Los gorilas percibían el miedo de los intrusos y sabían que podían ser peligrosos, por lo que se volvían hostiles y agresivos.

Fue hasta la década de los 50 que el biólogo alemán George Schaller, tras vivir dos años en lo que era el Congo Belga para observar la conducta de los primates, comprobó que en realidad son criaturas lánguidas y pacíficas que solo comen plantas e insectos y viven en grupos bastante estables. Su fuerza y golpes en el pecho solo se hacen patentes en las peleas entre machos.

Schaller, a su regreso a Europa, dio una importante conferencia ante científicos del mundo para exponer la inteligencia, la sensibilidad y el paralelismo entre los patrones de conducta de estos primates, con quienes, por cierto, compartimos 98% del ADN, y los de los humanos.

En la ponencia, Schaller habló con detalle y de manera novedosa sobre las relaciones familiares de los gorilas, el rol del macho de lomo plateado, la relación entre hermanos y la de los bebés con sus tíos: “Doctor Schaller, nosotros los biólogos hemos estudiado a estas criaturas por siglos y desconocíamos todo esto –cuestionó uno de los profesores presentes en la conferencia–, ¿cómo es que ha logrado esta información tan detallada?” La respuesta del profesor Schaller fue contundente: “Es muy simple, nunca llevé conmigo una pistola”.

Sirva esta historia para demostrar que, en efecto, hay una correspondencia entre lo que experimentamos y nuestros pensamientos y estado de conciencia. Mientras unos biólogos se acercaban con pavor, otros, como Schaller y la famosa Diane Fossey –en quien se basa la película Gorilas en la niebla– lo hacían con respeto, por lo que obtuvieron resultados distintos. Así ocurre también en la vida.

Al cambiar los pensamientos, puedes cambiar la realidad. Esta es una afirmación que para algunos resulta absurda, sin embargo, analicémosla.

A decir de personas que estudian disciplinas que tienen como materia el comportamiento humano, la mente interpreta, filtra y etiqueta aquello que experimentamos como realidad. El tipo de filtro de cada persona depende de la manera en que su mente ha sido condicionada para evaluar el entorno, juzgarlo y etiquetarlo. Dicha interpretación es determinante de cómo la persona responde a lo que le sucede, ¿cierto?

Las reacciones de cada individuo tienen consecuencias en su medio. Es por lo que, con frecuencia, los sujetos quedan atrapados en un mundo propio o una entelequia, sin darse cuenta de que ellos han contribuido a formarlo.

Quizá conozcas a alguien, querida lectora, querido lector, que experimenta la misma situación una y otra vez, sin importar lo que haga. Dicho patrón tiene réplica en las relaciones. Esto significa que, de manera inconsciente, cada quien manifiesta su propia realidad y, al igual que los biólogos, ¡no lo sabe!

Suele ser más fácil observar los patrones de conducta de otros que los propios. Sin embargo, no cabe duda de que hay una relación entre nuestro estado de conciencia y las circunstancias exteriores. “Nuestros pensamientos están conectados con la dimensión invisible de la realidad, aquella que gobierna lo que crea la forma. Al cambiar los pensamientos, puedes cambiar la forma en que tu vida te aparece”, afirma Eckhart Tolle.

Cada pensamiento es un ladrillo del destino que desarrollamos. Un ladrillo hacia lo positivo o hacia lo negativo, lo saludable o lo que nos enferma de manera espiritual. De acuerdo con el tipo de pensamientos recurrentes que tengamos, acumularemos energía que construirá la realidad en nuestro entorno, seamos conscientes o no de ello.

13 Septiembre 2020 04:05:00
Un momento de eternidad
A mi papá le regalaron un telescopio que, en comparación con los que conocíamos, era enorme. Apasionado por su nueva visión del universo se quedaba hasta la madrugada, durante los fines de semana en Cuernavaca, acompañado de mis dos hermanos menores enfundados en cobijas, explorando el firmamento en búsqueda de una mejor visión de la Luna, las estrellas y los planetas.

Al día siguiente durante el desayuno, entusiasmados, platicaban sobre las maravillas que habían divisado: “Hoy en la noche te voy a enseñar una estrella como nunca la has visto, su brillo te va a impresionar. El telescopio es tan potente que hemos podido ver de cerca una estrella impresionante, no lo vas a creer”, me dijo mi papá, quien desde que éramos muy pequeños solía llenarnos la mente con ilusiones y pintarnos un escenario de la vida optimista y prometedor. Y era tan buen vendedor –a eso se dedicó toda la vida– que lo que él dijera para nosotros era ley.

Tendría yo unos 14 años y lo único que me interesaba entonces eran las amigas, los niños y las fiestas, no los astros. Pero esa noche acudí a la cita para ver la estrella maravillosa de la que mi papá hablaba. Una vez ahí, “los expertos” se tardaron horas en analizar, acomodar la lente, ajustar la posición del telescopio, el enfoque, ¡qué se yo!

Cansada y cuando estaba a punto de desesperarme y abandonarlos, exclamó “¡Aquí esta! Ven rápido para que no la perdamos de vista. Me levanté tan rápido como pude, pegué el ojo a la lente y sí, en efecto, ¡vi un brillo espectacular!, era como un diamante enorme que titilaba... Me golpeó el misterio, el silencio sin tiempo y la vastedad del universo.

Lo que sentí al ver esa imagen hoy puedo compararlo con el momento en que vi, por vez primera, a cada uno de mis hijos al nacer; cuando me di cuenta de que estaba en verdad enamorada de Pablo; cuando vi la luz del amanecer pegarle a una montaña nevada que se reflejaba en un lago y que me tomó por sorpresa al salir a caminar. En fin, momentos de eternidad que todos hemos tenido y que nos permiten vislumbrar por segundos otras dimensiones de la vida.

Estar presente

Pero mi estado catatónico de esa noche en Cuernavaca duró unos segundos. Lo cortaron las risas burlonas de mis hermanos y de mi papá al comprobar que había caído en la trampa de una visión falsa, producida al desenfocar el telescopio para darme la grandiosa estrella –lo que a ellos con seguridad también les había pasado–. Una vez que ajustaron la lente, la estrella se veía tan pequeña como a simple vista. Gran decepción. No importa.

Aunque la imagen era falsa abrió una puerta dentro de mí que desconocía. El resquicio hacia la existencia de algo mucho mayor a mi persona y al mundo tangible. Como si hubiera entrado por unos segundos a la eternidad. Hoy comprendo que fue la emoción de estar absolutamente presente y desear no perderme de nada lo que provocó la magia.

Puedo comprender también que estar presente es la salida a las angustias que causa la mente, a las preocupaciones que vivimos, a la ansiedad ante las múltiples disyuntivas que se presentan. No es que las cosas vayan a cambiar, la vida es la vida, lo que cambia es nuestra postura ante lo que vivimos.

Desde esa posición de conciencia aprendemos a navegar los tiempos difíciles; ver las cosas más claras y con mayor empatía; conectarnos con la belleza y con el dolor que la vida nos ofrece para honrarla y vivirla plenamente con sus altas y bajas.

Sí, estar presente es la salida. Como escribió Pablo Neruda: “Puedes recolectar todas las flores, pero no puedes detener la primavera”.
06 Septiembre 2020 04:07:00
La honda inteligencia de la vida

Tengo una planta inteligente. Desde hace un par de años embellece mi estudio y a diario la saludo al abrir la ventana para que respire. Es una noble planta vertical de hoja grande redondeada, llamada Ficus pandurata. Antes era solo un adorno, pero durante este encierro nuestra amistad ha crecido. Hace un par de meses el tronco llegó al techo, por lo que las dos nos angustiamos. “Hay que cortarle la punta”, me dijo un jardinero. Accedí con pesar.

Dos meses después estoy asombrada de su reacción. En lugar de crecer de nuevo de manera vertical, abrió la punta en dos ramas totalmente horizontales -lo cual no es muy común en su especie-, “intuyendo” que así no tendría problemas de espacio. Quizá este suceso resulta poco tonto para muchos, sin embargo, me confirma la inteligencia que subyace en toda la naturaleza, misma que continuamente menospreciamos.

La naturaleza no puede ser una creación descuidada o azarosa. Esa inteligencia invisible en realidad existe en todos los fenómenos y formas de vida del universo, pero no nos percatamos de ella o bien la ignoramos. Basta observar la configuración biológica única en los girasoles, en las piñas de las coníferas, o la estructura espiral perfecta que vemos en el nautilus, o simplemente el ADN que codifica nuestra existencia. Algunos ejemplos que reflejan un cálculo matemático preciso, que Fibonacci descubrió desde el siglo 13.

Simplemente, el que tú y yo disfrutemos este planeta es posible gracias a 13 “casualidades” sucedidas en torno a la Tierra, por ejemplo, las tormentas solares que se desvían; la distancia exacta del planeta con respecto al Sol o la estabilidad que da la Luna al movimiento axial, entre otros. ¿Casualidad o inteligencia?

Esa misma inteligencia es la que provoca que cinco generaciones después, la mariposa monarca migre miles de kilómetros para reproducirse o que la tortuga marina caguama regrese 30 años después de haber cruzado océanos, a su lugar de origen. Debe haber una fuente desde la cual emana de manera continua ese campo inteligente. ¿Dios, inteligencia divina, conciencia?

Por si fuera poco, nuestro Sistema Nervioso Autónomo (sna) es una expresión más de la inteligencia subyacente que se manifiesta en la digestión, la respiración, el ritmo cardiaco, el sistema inmunológico y demás; regulado por el mismo que ¡no necesita de la voluntad para que nuestra vida sea posible! ¿Te das cuenta? Parece obvio, mas no lo es.

Además, dicha inteligencia que vive en cada célula, molécula y átomo, que al igual está presente en las estrellas y las galaxias del universo, es discreta y prudente, hace su trabajo sin buscar reconocimiento. En especial cuando se manifiesta como la esencia del ser, que no cambia y yace sin inmutarse en silencio a la espera de que algún día la invitemos a nuestra vida.

En ocasiones, se hace presente en forma de un desafío, de la belleza, de un abrazo, de fortaleza, de una “casualidad” o como una voz interior susurrante. La percibimos por instantes y nos hace sentir dichosos. La hemos llamado de muchos modos: Dios, amor, conciencia, gracia, gozo o, incluso, intuición, por nombrar a los momentos en que la paz, la entereza y la sabiduría nos invade. Como cuando descubrimos saberes, haceres o dichos que no sabíamos que teníamos en nuestro interior.

¿Por qué entonces no la buscamos con mayor ahínco? Ahí está y ha estado siempre para nosotros y nuestro desarrollo. Si nuestra vida, nuestras decisiones y nuestro camino los hiciéramos conectados a esa inteligencia -tal como lo hace la planta de la que te platiqué-, sin duda viviríamos en mayor armonía y plenitud.
30 Agosto 2020 04:08:00
Agradecer la ausencia
La sierra eléctrica no cesa, el sonido del taladro de concreto perfora mi cabeza cual máquina de dentista amplificada. El martilleo sobre el metal, con otros ruidos estridentes cuyo origen no identifico, cruzan la ventana de manera constante. La obra mayor que los vecinos decidieron hacer durante estas semanas de encierro –precisamente cuando más estamos en casa– pone a prueba la paciencia y la tolerancia de cualquiera.

Desde niños nos enseñan a agradecer, tanto por lo que recibimos, como por lo que hay y tenemos. Los guías espirituales y terapeutas aconsejan: “Por las mañanas agradece tres cosas antes de empezar el día”; o bien: “Antes de acostarte escribe cinco cosas que tengas que agradecer”; también: “Lleva un diario de gratitud”. Sin embargo, este acto no siempre surge de manera natural, fácil o cómoda.

En la vida siempre habrá bendiciones y lo contrario: contextos adversos a los que podemos reconocer como maestros. Es fácil agradecer las primeras cuando las cosas van como deseamos, cuando todo fluye y se da sin dificultades. Sin embargo, cuando aparecen esos maestros, en especial aquellos que por duros, exigentes o desfavorables nos hacen crecer a “golpe de martillo”, agradecer su existencia simplemente no nace. Mientras atravesamos un proceso difícil, solo cerramos los ojos y apretamos el paso en espera de librar la tormenta.

Con el tiempo, volteamos atrás y agradecemos haber tenido aquel maestro que de momento nos hizo sufrir. Es entonces que nos percatamos de que, en realidad, haber vivido esa experiencia nos sacudió, pero nos llevó a ser lo que somos y, de alguna manera, nos convirtió en mejores personas.

Puede parecer algo tonto, empero, la experiencia de escuchar sin tregua el ruido de la construcción de mis vecinos, ha puesto a prueba lo que predico: la tolerancia y la paciencia para tener la capacidad de concentrarme en escribir, practicar la meditación, convivir con amabilidad y, al mismo tiempo, permanecer de buen humor… (¿todo el día, en serio?).

También me ha llevado a percatarme del valor de la ausencia de ruido. Benditos ratos en los que escucho el silencio gracias a que las máquinas paran; ese “silencio” urbano que antes no apreciaba ni reconocía y que ahora por contraste se compara con la serenidad en la cima de una montaña sagrada.

Los seres humanos, cretinos como somos, necesitamos trabajar mucho para valorar los días de descanso; pasar hambre para valorar la comida en la mesa; estar días en el hospital para apreciar un instante al aire libre; padecer enfermedades para valorar la salud. Y me pregunto, ¿cuántas otras cosas apreciamos por su ausencia cuando nos percatamos de que las considerábamos una obligación de la vida?

Podemos pensar en nimiedades como son la ausencia de prisa, tráfico, del altero de platos por lavar; o en cuestiones más relevantes como la ausencia de angustia al ver los resultados del análisis de sangre en los rangos correctos; de dolor; de ansiedad al poder sacar de la cartera lo necesario para el gasto; o, también, en la ausencia de tensión con algún familiar.

Cuando esos aspectos se producen con espontaneidad, no valoramos lo que significan y cuánto contribuyen a la tranquilidad en nuestra vida. Y bien sabemos que la tranquilidad es lo más parecido a la felicidad.

¿Qué ausencias en tu vida contribuyen a tu tranquilidad, lo has pensado? Aquellas que –al no estar, no ser, no suceder– hacen que tu día pase como “normal”.

Te propongo agradecer a estos maestros, no sólo por las noches o al amanecer, sino durante el día; es una invitación a tener la conciencia abierta y percibir aquello que por su ausencia nos hace vivir mejor.





23 Agosto 2020 04:08:00
El gozo II
"En la vida hay frustraciones. La pregunta no es cómo escapar de ellas, sino cómo encararlas en forma positiva”. El arzobispo Desmond Tutu piensa unos segundos antes de responder, durante el encuentro en la ciudad de Dharamsala en India con el Dalai Lama para investigar y compartirnos la manera en que ambos han podido encontrar el gozo, a pesar del sufrimiento y la violencia vivida.

La pregunta de Douglas Abrams es válida en cualquier momento de nuestra historia, en especial durante esta pandemia. Algunas lecturas, no cabe duda, son un recurso que ofrece respuestas o dan sentido a aquello que vivimos. En ellas encontramos sabiduría, visión o paz para ayudarnos a sobrellevar distintas situaciones.

El libro The Book of Joy que narra la semana del encuentro es el caso. Reviso mi librero y noto que lleva varios meses acomodado en la repisa, gracias a un buen amigo que me lo regaló. Confieso que antes no había tenido la curiosidad de abrirlo, hasta que el libro “me pidió” que lo leyera. No lo suelto y lo subrayo en su mayoría.

“Nada hermoso sucede sin una dosis de sufrimiento, frustración o dolor; esa es la naturaleza de las cosas. Así es nuestro universo –responde el arzobispo–, y agrega: Piensa en una madre que dará a luz. La mayoría huimos del dolor. Pero las madres saben que experimentarán el gran dolor de dar a luz y lo aceptan. Después del parto no puedes medir el gozo de esa mamá. Es una de esas cosas increíbles del gozo, que puede sobrevenir con rapidez del sufrimiento”.

“De una manera paradójica –continúa el arzobispo–, la forma en que encaramos las cosas que parecen negativas en nuestra vida determina el tipo de persona en que nos convertimos. Si vemos cualquier cosa como frustrante, nos volveremos agrios, apretados y estaremos enojados con deseos de destruir todo”.

El Dalai Lama interviene para confirmar la verdad de lo que el arzobispo dice y agrega: “Siempre mantén una mente alegre. (…) contempla que, mientras te enfoques en tu propia importancia y en lo bien o mal que haces las cosas experimentarás sufrimiento. La obsesión en obtener lo que deseas y en evitar lo que no quieres no brinda felicidad. Pensar demasiado en uno mismo es la fuente del sufrimiento. Incluso un estudio de la Universidad de Columbia afirma que “las personas que utilizan con frecuencia los pronombres: yo, mi, me, mío, tienen una muy alta probabilidad de sufrir un infarto”. En cambio, ocuparse de manera compasiva de otros es fuente de felicidad”.

Entonces, ¿cómo cultivar el gozo como una manera de ser y no como un sentimiento temporal? El Dalai Lama básicamente plantea que el gozo es nuestra esencia y de alguna manera el deseo por redescubrirlo no es más que un deseo por regresar a nuestro estado original. Cuando hablamos de experimentar felicidad hay que saber que hay de dos tipos. La primera proviene de disfrutar por medio de los sentidos, como en los casos de la música, la comida o el sexo; mientras la comida sea buena y la música dure sentiremos felicidad. Esa es la trampa en la que cae la mayoría. Pero también podemos experimentar gozo en niveles más profundos, gracias a la mente, el amor, la compasión o la generosidad. Mientras los momentos de felicidad son pasajeros y breves, el gozo es mucho más duradero y verdadero, lo puedes mantener hasta por 24 horas.

“Un creyente desarrolla estos niveles de gozo por medio de su fe en Dios, lo que le da fortaleza y paz interior. Para un no creyente como yo, debemos desarrollar este gozo con el entrenamiento de la mente. Cuando este tipo de gozo surge del interior, los placeres de los sentidos se vuelven secundarios”.

Ante la imposibilidad de narrarte todo el libro, querido lector, lectora, te invito a leerlo.
16 Agosto 2020 04:05:00
El gozo i
¿Cómo encontrar el gozo de cara al inevitable sufrimiento en la vida?

Dos amigos de mundos totalmente opuestos, ambos laureados con el Premio Nobel de la Paz, se reunieron durante una semana en abril del 2015 en la ciudad de Dharamsala, en India, para contestar esa simple pregunta. Por supuesto se trata del Dalai Lama y del arzobispo Desmond Tutu. El pretexto de la reunión fue celebrar el cumpleaños 80 del primero y compartirnos la manera en que han encontrado la paz, el valor y el gozo durante sus largas vidas de exilio, opresión y violencia.

La pregunta les obligó a ambos a revisar su historia. El resultado de la plática, debate y exploración fue captado por Douglas Abrams. Entre los tres nos regalan un libro que es un tesoro llamado The Book of Joy. En él muestran cómo transformar el gozo en un rasgo perdurable y no pasajero.

En la cotidianeidad, ¿acaso es posible el gozo a pesar del temor al contagio del virus que nos ha cambiado la vida, a pesar del miedo a no poder proveer a nuestra familia con lo necesario, no obstante el enojo debido a quienes nos han hecho mal o sin embargo la pérdida de ser querido? ¿Cómo abrazar la realidad de nuestra vida y aceptarla en su totalidad? Si nuestras vidas están en equilibrio, ¿cómo vivir en el gozo cuando tanta gente sufre a causa de la pandemia, la pobreza o el desempleo?

“El sufrimiento es inevitable; sin embargo, nadie puede quitarnos la libertad de elegir cómo responder a él”. Así comienza el libro. Con esta premisa nos hacen saber desde la primera página que, sin importar lo que ellos digan u opinen, la decisión de la actitud que tomar está en cada quien.

Las reflexiones de ambos me hacen subrayar gran parte del libro. Comparto con ustedes, querido lector y querida lectora, algunas de las ponderaciones que me parecen importantes.

El arzobispo y pacifista africano tiene un pasado de lucha contra el apartheid y enfrenta en el presente el cáncer de próstata, camina con un bastón negro con mango de plata y forma de galgo y dice: “Somos creaturas frágiles, y es desde esa debilidad, no a pesar de ella, que descubrimos la posibilidad del verdadero gozo”. Y agrega: “Descubrir más gozo no –y me apena decirlo– nos salva del inevitable sufrimiento y del desamor. De hecho, podemos llorar más fácil, pero reiremos con más facilidad también. Quizá solo estamos más vivos. Sin embargo, conforme descubrimos más gozo, encaramos el sufrimiento de una manera que ennoblece y no amarga. Sufrimos sin volvernos tiesos. Sentimos el desamor sin quebrarnos”.



¿Cuál es el propósito de la vida?

Abrams dirigió la pregunta por el gozo al Dalai Lama, líder religioso del budismo tibetano. Su santidad se recargó en el asiento y se frotó las manos: “El propósito de nuestra vida es encontrar la felicidad (...) La fuente última de la felicidad está dentro de nosotros. No es el dinero, no es el poder ni el estatus. Algunos de mis amigos son billonarios, pero es gente descontenta. El poder y el dinero fallan al proporcionar paz interior. Los logros externos no brindan el verdadero gozo. Tenemos que ver adentro”. Y advierte: “El verdadero problema está aquí arriba”, mientras apunta hacia la cabeza.

Más adelante, Desmond Tutu comenta: “Cuando persigues la felicidad, no la encontrarás. Es muy, muy elusiva (...) No la encuentras al decir: ‘Me voy a olvidar de todo y sólo perseguiré la felicidad’. Es maravilloso descubrir que lo que en realidad buscamos no es la felicidad. Yo hablaría de gozo. El gozo absorbe a la felicidad. El gozo es la mejor cosa.

“En la vida habrá frustraciones. La pregunta no es: ¿cómo escapo de ellas? Es: ¿cómo encaro esto en forma positiva?”.


Continuaremos…




09 Agosto 2020 04:08:00
Epicteto y la imperturbabilidad
“En la vida solo hay tres asuntos: los míos, los tuyos y los de Dios”, reza la sabiduría popular. ¡Ah!, cuán tranquilos viviríamos si aplicáramos esta premisa de manera cotidiana. Diversas corrientes filosóficas nos hablan sobre la imperturbabilidad o ataraxia como el fin más preciado al que se puede aspirar. Sin embargo, en el día con día se presentan obstáculos que nos impiden obtenerla o permanecer en ella.

Gran parte de nuestro estrés surge de atender los asuntos de otros. Es un hecho que sufrimos al desear cambiar algo que no está en nuestras manos, como juzgar, intentar controlar al mundo y utilizar el verbo deber: “Esto no debería estar…”, “Mi pareja debería ser…”, “El gobierno debería hacer…”.

Enfocar la atención en los otros y creer que sabemos lo que es mejor para todos significa estar fuera de nuestros asuntos. Lo hacemos incluso en nombre del amor. Sin embargo, cuando esto sucede, dejamos de estar presentes en lo que en realidad nos corresponde, para después extrañarnos de ver que nuestra vida no fluye como quisiéramos.

Otro obstáculo viene de preocuparnos por los asuntos de Dios: temblores, huracanes, lo que sucede en el mundo y en el plano exterior, incluso sobre nuestra propia muerte. Acerca de estos aspectos no podemos hacer nada. ¿Para qué discutir con la realidad y con lo que es?

Desear que estas cosas sean diferentes es como tratar de enseñar a un pato a ladrar. Puedes tratar por todos los medios, hasta recurrir a chamanes, que el pato seguirá haciendo “cuak”. Esto no significa permanecer pasivos, conformistas e inmóviles. No. Nadie quiere enfermarse, aislarse, perder el trabajo o tener un accidente; sin embargo, cuando sucede, ¿en qué ayuda pelear con la realidad? Simplemente, cuando aceptamos lo que es, la vida, las relaciones y la productividad encuentran mejor cauce. Comprender y cumplir esta premisa nos libera de estrés, tensión y frustración.



Mi única responsabilidad

Mis asuntos –como bien dice el dicho, son mi única responsabilidad. Sin embargo, una vez definidos, habría que hacer dos columnas, tal como recomendó el filósofo estoico Epicteto, desde el año 70 d.C. En la primera columna escribimos lo que está en nuestras manos resolver y en la otra las que no. Saber la diferencia entre una y otra es el principio de la imperturbabilidad o la ataraxia.

Para este pensador griego, la persona sabia y feliz es aquella que tiene claro: 1. Los asuntos que dependen de ella. 2. Ante lo que dependa de ella ser responsable. 3. De lo que es responsable, acometerlo con dignidad. Y nos invita a mentalmente poner a un lado todo aquello que no depende de nosotros. Lo importante, dice Epicteto, es tener el raciocinio suficiente para hacer la distinción.

Otro obstáculo que el filósofo advierte es que “pesan más las ideas que tienes de las cosas que las cosas que te suceden”. Vaya, controlar la mente; comprender que la idea que tenemos de las cosas es solo un pensamiento y dicho pensamiento no es nada más que eso y no la realidad. “Esmérate en las cosas que dependen de ti, porque así podrás con ellas”, dicho de otra forma: cuando das el primer paso, el puente aparece. Solo hay que tener el valor de darlo.

Por último, Epicteto recomienda no preocuparnos por el pasado ni por el futuro, sino vivir siempre en el presente, único periodo sobre el que tenemos algún control. Dejemos los asuntos de otros y los de Dios a un lado. Al no saber cuándo llegará la muerte, lo nuestro, ahora, es vivir. En palabras del filósofo: “Toma hoy una copa de vino y disfruta por ser tú”. Salud.



02 Agosto 2020 04:09:00
Salir al ruedo con dignidad
A Pablo

“No es el hombre crítico el que importa; ni el que se fija en los tropiezos del hombre fuerte o en qué ocasiones el hacedor de andanzas podía haberlo hecho mejor.

“El mérito pertenece al hombre que está en el ruedo, con el rostro estropeado por el polvo, el sudor y la sangre; al que lucha valientemente; al que se equivoca; al que fracasa una y otra vez, porque no hay intento sin error ni fallo; al que realmente se esfuerza por actuar; al que siente grandes entusiasmos; grandes devociones; al que se entrega a una causa digna; al que, en el mejor de los casos, acaba por conocer el triunfo inherente a un gran logro, y del que, en el peor de los casos, si fracasa, al menos habrá fracasado tras haberse atrevido a arriesgarse con todas sus fuerzas…”

El anterior es un fragmento del discurso que Theodore Roosevelt dio en La Sorbona de París, el 23 de abril de 1910, conocido como El Hombre en el Ruedo. Y es precisamente este fragmento el que lo hizo famoso.



La dignidad interior

Que sabias son las palabras de Roosevelt. Hay maneras de vivir y maneras de morir. Hay quien se arriesga y se lanza al ruedo y hay quienes prefieren ver la vida cómodamente sentados. Estos últimos son los críticos, los que juzgan sin mancharse la cara.

Desde el momento en que nos levantamos hasta que nos acostamos somos maestros de vida. Si bien es cierto que creemos conocer a las personas durante los eventos de la vida cotidiana, el conocimiento real, auténtico y profundo se nos revela ante su conducta dentro del ruedo, es decir, frente a los retos y la adversidad. No hay duda.

Cuánto admiro a las personas que frente a una prueba tan grande como es una enfermedad seria, por ejemplo, en lugar de la queja, eligen la aceptación, la dignidad y la sonrisa, ante la admiración de quienes las observamos. Ese tipo de dignidad interior lo podemos encontrar también en el campesino que a diario se levanta para trabajar la tierra, o en la madre soltera que día a día se parte en 10 con entereza y alegría.

La dignidad hace resonar esas fibras internas no negociables que vibran ante una situación límite. La dignidad interior –el secreto de muchos a quienes admiramos– es la que nos hace lanzarnos al ruedo, luchar y enfrentar cualquier reto con la cara en alto.

Hay quienes nacen con esta fortaleza y son capaces de mantener la compostura de manera natural ante desafíos importantes; otros cuya fe los mantiene de pie y aquellos que se definen por la resiliencia, la determinación y la voluntad de poder.

La dignidad interior se gana y nos eleva a planos en los que los elementos de nuestra vida toman otra perspectiva y otro camino, nos brinda posibilidades de transformación real.

Si bien todos tenemos una dosis de dignidad, esta se tiene que ejercitar en los momentos en que la existencia parece estar acomodada, para aferrarnos a ella cuando la vida nos lance al ruedo sin previo aviso y nos toque vivir situaciones en las que el estrés, los desengaños, las decepciones o la enfermedad nos tambaleen. Cuando los retos de la vida aparecen es el momento menos adecuado para aprender a lidiar con ellos.

La dignidad no es algo que se pone y se quita, se vive. Es por eso que conviene buscar el silencio, la respiración profunda y el contacto con nuestro interior para crear una rutina que fortalezca el espíritu.





26 Julio 2020 04:08:00
La sala de espera
El confinamiento nos tendió una trampa: nos puso en la sala de espera. Esperamos y esperamos con paciencia a que la pandemia pase, a que creen la vacuna, a que la luz verde del semáforo de la contingencia nos permita salir, a que la economía se active y retomemos la vida como la conocíamos. ¿Pero todo lo que anhelamos llegará? Y si llega, ¿llegará tal como deseamos?

En ocasiones, sin duda, es muy sabio esperar. Sin embargo, estar en la sala de espera engaña, ilusiona y paraliza. De momento puede ser cómodo, pero nos envuelve como hace la humedad, infiltrándose por cada poro de la piel, y puede llegar a ser un pretexto para perder el tiempo, para ocultar el temor o para no comprometerse.

La trampa, además, comienza a manifestarse como miedo a creer en las capacidades propias y nos lleva a aceptar todas las dudas que surgen y que, con el tiempo, solo crecen.

Analicemos con valentía si poco a poco el tiempo de espera ha migrado hacia el estancamiento o la parálisis. ¿Qué hemos hecho para que, pasado este momento, tengamos la satisfacción de decir: “Qué bueno que hubo pandemia, porque fue gracias a esa oportunidad de la vida que... ”.

La naturaleza, como siempre, pone el ejemplo con su ímpetu, basta ver la fuerza y voluntad de vivir que hay en una flor citadina que crece en medio de dos placas de concreto. ¿Y nosotros, la especie evolucionada del planeta, qué ejemplo dejaremos a las generaciones venideras?

Se necesita encarar la situación con una gran dosis de realidad y coraje para comprobar si hemos agregado algo a nuestra existencia, si la espera nos ha cegado e impedido iniciar algo nuevo, emprender, sin la seguridad de no correr riesgos, de estar en el momento adecuado, sin señales concretas o garantías.

Qué curiosos somos los seres humanos: carecemos de paciencia para esperar –sea lo que sea: que hierva el agua, que se descarguen los documentos de la red, que nos traigan el platillo en un restaurante o que nos contesten en un banco–, sin embargo, ¡ponemos nuestra propia vida en espera!

Cuando quedamos a la espera, todo a nuestro alrededor sufre, empezando por nuestras relaciones, ¿cuántas veces los conflictos se alargan porque las dos personas esperan que la otra ceda y tome la iniciativa? Y ni hablar de nuestra autoestima y nuestro trabajo; incluso envejecemos más rápido, a la espera del momento adecuado para salir de deudas o terminar con los pendientes. Decimos que hay que esperar a que la pandemia termine, a concluir el año, a que los hijos se vayan de casa o qué sé yo, para entonces sí disfrutar la vida.



La solución es‘querer querer’

Podemos reducir la solución de esa espera infinita a la cuestión de: “querer querer”, como decía mi padre, y actuar. Imaginar, crear, arremangarnos y jalarnos de la camisa para salir del cuarto de dilación tan seductor y peligroso a la vez, para entonces darnos cuenta de lo que sí es posible y de lo que ya está ahí y nos aguarda, aun dentro del encierro. Al subir el primer escalón sabremos que tenemos la capacidad y el talento para subir el segundo y así de manera consecutiva.

Todos podemos ser más, hacer más, apreciarnos más. Es cuestión de aniquilar al implacable crítico interior que nos dice: “Si fuera más joven, si tuviera la capacidad, si tuviera más dinero, si no hubiera pandemia”, en fin.

Lo único que quedará detrás de nosotros será la vida. Hagamos lo que esté en nuestras manos por salir de la trampa que nos tiende la sala de espera, para que, al pasar de los años, un día, podamos mirar atrás y decir con orgullo: “Así lo quise”, “Así lo decidí”, y no “Así me tocó”, “Fue mala suerte” o peor aún: “Era mi destino”.

19 Julio 2020 04:11:00
El despertar no es exclusivo de gurús
“Las personas despiertas viven en un estado funcional más elevado, con un propósito y relaciones más auténticas y con una sensación de conexión aumentada”, se antoja esto que comenta Steve Taylor en su libro The Leap, pero, ¿qué significa “despertar”?

Quienes hemos tenido entre los brazos a un hijo o a un nieto recién nacido o de meses, hemos percibido esa energía única, diría sagrada, cargada de lo más elemental de la naturaleza, el rastro de los antepasados y el misterio de la vida. Es una sensación que asombra y a la vez, de extraña manera, calma.

Con el tiempo, ese bebé crecerá y para acomodarse dentro de la familia, la cultura y el género comenzará a cubrir capa a capa la energía luminosa con que llegó al mundo y ésta terminará en el olvido. Esa porción de su ser muy posiblemente caerá en un sueño profundo y la inocencia será remplazada por cientos de fantasmas que se apoderarán de la mente poco a poco, hasta dominarla. La persona iniciará el largo camino de sentirse incómodo dentro de su piel y de intentar proteger la autenticidad.

Sin embargo, siempre queda una vaga nostalgia, un lejano recuerdo del lugar en donde todo estaba bien. Quizá perciba el anhelo de reencontrarlo y lo buscaremos en personas, lugares, cosas y circunstancias que nos prometen esa felicidad, mas la decepción suele ser la regla.

En esa especie de estado de hipnosis en que vivimos, el ser humano crea y se crea el caos, los conflictos, las guerras y las diferencias que causan dolor y sufrimiento tanto en lo personal como en lo colectivo. Hasta que la vida nos sacude (con un evento, una enfermedad, una pérdida o una crisis como la que vivimos hoy) y con ello nos manda la invitación a despertar y regresar a la esencia: volver a casa.

¿En qué consiste el despertar?

“Los retos son el alma de la evolución”, afirma Eckhart Tolle y agrega: “Toda forma de vida, desde las plantas, los animales y los humanos, evoluciona como respuesta a los retos que enfrenta”. Y la vida nos lo comprueba. Al voltear hacia atrás, si hemos aprovechado la invitación a despertar, comprobaremos que cada obstáculo y cada reto en el camino nos hizo mejores personas. Tal vez más fuertes, resilientes y conscientes.

Es común pensar que el “despertar espiritual” es algo raro, difícil de conseguir y reservado sólo para los monjes, ermitaños o gurús. Si bien hay varios niveles de despertar y no todo mundo acepta la invitación de la vida, me gusta la manera en que el filósofo contemporáneo Colin McGinn lo describe como “el equivalente a transformar el agua en vino”; y por increíble que parezca, es algo que todos hemos experimentado por momentos. En esos instantes se da una intensidad en la percepción, como si nos removieran los filtros que nos impedían ver la vida con mayor color, luz y nitidez. Sucede entonces una conexión con lo sagrado del mundo, la naturaleza y el cosmos.

Steve Taylor afirma que las personas despiertas perciben y experimentan un mundo diferente al nuestro. Lo ven como lo hace un niño que se asombra frente a la maravilla, la belleza y la complejidad de los fenómenos que otros dan por un hecho o a los que no ponen atención.

Despertar por instantes es vivir el presente en tercera dimensión, estar con quien estás en cuerpo y alma; apreciar los sabores, los sonidos y la vida. Es vivir en el no tiempo. Ahí y sólo ahí es que se encuentra la felicidad plena.

Entonces, si los retos y los obstáculos en la vida son lo que nos invitan a despertar del sueño profundo, estos valen la pena. Démosles la bienvenida, ya que como dice Tolle, son el alma de la evolución.
19 Julio 2020 04:05:00
El despertar no es exclusivo de gurús
“Las personas despiertas viven en un estado funcional más elevado, con un propósito y relaciones más auténticas y con una sensación de conexión aumentada”, se antoja esto que comenta Steve Taylor en su libro The Leap, pero, ¿qué significa “despertar”?

Quienes hemos tenido entre los brazos a un hijo o a un nieto recién nacido o de meses, hemos percibido esa energía única, diría sagrada, cargada de lo más elemental de la naturaleza, el rastro de los antepasados y el misterio de la vida. Es una sensación que asombra y a la vez, de extraña manera, calma.

Con el tiempo, ese bebé crecerá y para acomodarse dentro de la familia, la cultura y el género comenzará a cubrir capa a capa la energía luminosa con que llegó al mundo y esta terminará en el olvido. Esa porción de su ser muy posiblemente caerá en un sueño profundo y la inocencia será remplazada por cientos de fantasmas que se apoderarán de la mente poco a poco, hasta dominarla. La persona iniciará el largo camino de sentirse incómodo dentro de su piel y de intentar proteger la autenticidad.

Sin embargo, siempre queda una vaga nostalgia, un lejano recuerdo del lugar en donde todo estaba bien. Quizá perciba el anhelo de reencontrarlo y lo buscaremos en personas, lugares, cosas y circunstancias que nos prometen esa felicidad, mas la decepción suele ser la regla.

En esa especie de estado de hipnosis en que vivimos, el ser humano crea y se crea el caos, los conflictos, las guerras y las diferencias que causan dolor y sufrimiento tanto en lo personal como en lo colectivo. Hasta que la vida nos sacude (con un evento, una enfermedad, una pérdida o una crisis como la que vivimos hoy) y con ello nos manda la invitación a despertar y regresar a la esencia: volver a casa.



¿En qué consiste el despertar?

“Los retos son el alma de la evolución”, afirma Eckhart Tolle y agrega: “Toda forma de vida, desde las plantas, los animales y los humanos, evoluciona como respuesta a los retos que enfrenta”. Y la vida nos lo comprueba. Al voltear hacia atrás, si hemos aprovechado la invitación a despertar, comprobaremos que cada obstáculo y cada reto en el camino nos hizo mejores personas. Tal vez más fuertes, resilientes y conscientes.

Es común pensar que el “despertar espiritual” es algo raro, difícil de conseguir y reservado solo para los monjes, ermitaños o gurús. Si bien hay varios niveles de despertar y no todo mundo acepta la invitación de la vida, me gusta la manera en que el filósofo contemporáneo Colin McGinn lo describe como “el equivalente a transformar el agua en vino”; y por increíble que parezca, es algo que todos hemos experimentado por momentos. En esos instantes se da una intensidad en la percepción, como si nos removieran los filtros que nos impedían ver la vida con mayor color, luz y nitidez. Sucede entonces una conexión con lo sagrado del mundo, la naturaleza y el cosmos.

Steve Taylor afirma que las personas despiertas perciben y experimentan un mundo diferente al nuestro. Lo ven como lo hace un niño que se asombra frente a la maravilla, la belleza y la complejidad de los fenómenos que otros dan por un hecho o a los que no ponen atención.

Despertar por instantes es vivir el presente en tercera dimensión, estar con quien estás en cuerpo y alma; apreciar los sabores, los sonidos y la vida. Es vivir en el no tiempo. Ahí y solo ahí es que se encuentra la felicidad plena.

Entonces, si los retos y los obstáculos en la vida son lo que nos invitan a despertar del sueño profundo, estos valen la pena. Démosles la bienvenida, ya que como dice Tolle, son el alma de la evolución.

12 Julio 2020 04:00:00
¿Cómo sobrevivir al naufragio?
Steven Callahan jamás se imaginó lo que viviría. El arquitecto naval estadunidense, de 32 años, zarpó de las Islas Canarias el 29 de enero de 1982, en un velero diseñado por él mismo que le llevó tres años construir.

A los cinco días de iniciado el viaje, un golpe seco en el casco –se cree que dado por una ballena– lo despertó. El impacto hizo que su barco se hundiera en segundos. Se encontraba solo y perdido en medio del océano Atlántico a mil 300 kilómetros de distancia de la costa.

Esa noche, Steven logró subir a una lancha inflable en la que alcanzó a meter un equipo de emergencia, algo de comida, una antorcha y un balde para recoger agua de lluvia. “Ahora tengo dos opciones: o conducirme hacia una nueva vida o dejarme morir”. Eligió la segunda y viviría 76 días de naufragio.

Stephen sabía que sus mayores problemas no serían el hambre ni la sed, sino el derrumbamiento sicológico y el desánimo. En ese periodo de soledad y desesperación pensó: “Uno escapa del barco que se hunde y una vez dentro del bote salvavidas eres presa de la desorientación. Te empiezas a preguntar cosas del estilo de: ‘¿Cómo puedo sobrevivir aquí, hacia dónde debo ir?’”. Después de haber perdido 20 kilos, pensaba: “Cada día es un regalo, no un derecho” como escribió en su libro Adrift: Seventy-six Days Lost at Sea (A la Deriva: 66 Días Perdidos en el Mar). El 21 de abril de 1982, un barco pesquero lo rescató. Eso no hubiera sucedido sin un ingrediente vital previo: su actitud.

¿Qué o quién es tu lancha inflable?

Es probable que en esta desorientación que vivimos, muchos de nosotros nos hagamos las mismas preguntas que Callahan: ¿Cómo puedo sobrevivir aquí, hacia dónde debo dirigirme? De la misma manera, muy posiblemente sabemos que el hambre o la sed no serán nuestros mayores retos, sino el desplome sicológico y el desánimo moral.

Es un hecho que vivimos en el sentir de nuestro pensar. Es decir, nada afecta más cómo nos sentimos que lo que pensamos. Todo enojo, frustración, tristeza o culpa provienen de lo que pensamos en el momento, no de la situación, las personas o problemas que tenemos. De la misma manera sucede con el amor, la felicidad y el gozo: los antecede un pensamiento.
Una de las características humanas es que podemos elegir. Sin embargo, la manera de sentirnos afecta las decisiones que tomamos. Pienso y siento, luego decido. Reconocer esto, puede cambiarnos la vida.

Cuando te sientes cansado, hambriento o con dolor de garganta, la mente no tiene la claridad necesaria para tomar una decisión inteligente. Es por lo que, dentro del naufragio o la incertidumbre en la que vivimos, tenemos que procurarnos momentos de descanso, placer y tranquilidad. No solo por salud física y mental, sino por el bien de nuestras decisiones y de quienes nos rodean.

Finalmente, lo único importante es vivir tranquilo con uno mismo, para así dar tranquilidad a los demás. ¿Cómo procuramos ese sosiego? ¿Qué o quién es nuestro bote salvavidas? ¿Eres consciente de estos aspectos?

Analiza tu día cotidiano. ¿Qué te hace sentir bien? Puede ser tu pareja, un amigo, tus amigas, los hijos, el trabajo, la lectura, dar un paseo en la naturaleza, la música, el ejercicio, armar un rompecabezas, una clase por Zoom; quizá recostarte en un sillón cómodo que te acoge después de un día largo. Procúralos ¡y no los sueltes! Evitarán o aminorarán el desmoronamiento anímico.

Sin embargo, una vez que los tengas en tu lancha inflable, ten en cuenta que para que la vida te rescate lo más importante siempre es y será tu actitud.
12 Julio 2020 02:06:00
¿Cómo sobrevivir al naufragio?
Steven Callahan jamás se imaginó lo que viviría. El arquitecto naval estadounidense de 32 años zarpó de las Islas Canarias el 29 de enero de 1982, en un velero diseñado por él mismo que le llevó tres años construir.

A los cinco días de iniciado el viaje, un golpe seco en el casco –se cree que dado por una ballena– lo despertó. El impacto hizo que su barco se hundiera en segundos. Se encontraba solo y perdido en medio del océano Atlántico a 1,300 km de distancia de la costa.

Esa noche, Steven logró subir a una lancha inflable en la que alcanzó a meter un equipo de emergencia, algo de comida, una antorcha y un balde para recoger agua de lluvia. “Ahora tengo dos opciones: o conducirme hacia una nueva vida o dejarme morir.” Eligió la segunda y viviría 76 días de naufragio.

Stephen sabía que sus mayores problemas no serían el hambre ni la sed, sino el derrumbamiento psicológico y el desánimo. En ese periodo de soledad y desesperación pensó: “Uno escapa del barco que se hunde y una vez dentro del bote salvavidas eres presa de la desorientación. Te empiezas a preguntar cosas del estilo de: '¿Cómo puedo sobrevivir aquí, hacia dónde debo ir?” Después de haber perdido 20 kilos, pensaba. “Cada día es un regalo, no un derecho” como escribió en su libro Adrift: Seventy-six Days Lost at Sea.

El 21 de abril de 1982, un barco pesquero lo rescató. Eso no hubiera sucedido sin un ingrediente vital previo: su actitud.

¿Qué o quién es tu lancha inflable?

Es probable que en esta desorientación que vivimos, muchos de nosotros nos hagamos las mismas preguntas que Callahan: ¿Cómo puedo sobrevivir aquí, hacia dónde debo dirigirme? De la misma manera, muy posiblemente sabemos que el hambre o la sed no serán nuestros mayores retos, sino el desplome psicológico y el desánimo moral.

Es un hecho que vivimos en el sentir de nuestro pensar. Es decir, nada afecta más cómo nos sentimos que lo que pensamos. Todo enojo, frustración, tristeza o culpa provienen de lo que pensamos en el momento, no de la situación, las personas o problemas que tenemos. De la misma manera sucede con el amor, la felicidad y el gozo: los antecede un pensamiento.

Una de las características humanas es que podemos elegir. Sin embargo, la manera de sentirnos afecta las decisiones que tomamos. Pienso y siento, luego decido. Reconocer esto, puede cambiarnos la vida.

Cuando te sientes cansado, hambriento o con dolor de garganta, la mente no tiene la claridad necesaria para tomar una decisión inteligente. Es por lo que, dentro del naufragio o la incertidumbre en la que vivimos, tenemos que procurarnos momentos de descanso, placer y tranquilidad. No sólo por salud física y mental, sino por el bien de nuestras decisiones y de quienes nos rodean.

Finalmente, lo único importante es vivir tranquilo con uno mismo, para así dar tranquilidad a los demás. ¿Cómo procuramos ese sosiego? ¿Qué o quién es nuestro bote salvavidas? ¿Eres consciente de estos aspectos?

Analiza tu día cotidiano. ¿Qué te hace sentir bien? Puede ser tu pareja, un amigo, tus amigas, los hijos, el trabajo, la lectura, dar un paseo en la naturaleza, la música, el ejercicio, armar un rompecabezas, una clase por Zoom; quizá recostarte en un sillón cómodo que te acoge después de un día largo. Procúralos ¡y no los sueltes! Evitarán o aminorarán el desmoronamiento anímico.

Sin embargo
05 Julio 2020 04:10:00
Cuando la vida se ríe
Nada divierte más a la vida que nuestros planes a futuro. Si bien, varias veces a lo largo de los años lo hemos podido comprobar, en este 2020 durante la pandemia sus carcajadas han sido sonoras. ¿Tenías algún plan, proyecto, viaje o sueño? Pues también se quedó en la puerta con ganas de salir. Mientras, los cuestionamientos sin respuesta se apilan uno sobre otro.

La presencia del cambio y la incertidumbre, su fiel compañera, es de lo único que podemos estar seguros. No obstante, podemos optar entre imbuirnos en la situación u observarla desde el balcón. Bien vistos, los datos y las noticias en sí no tienen significado, lo importante es lo que cada quién hace ante esa información y esto que vivimos. ¿Qué emociones elegimos albergar frente a la realidad? ¿Qué actitud asumimos? Y de ello dependerá por completo nuestra experiencia.

“Las verdades aplastantes desaparecen cuando las reconoces”, escribió Albert Camus. Es una frase que podríamos aplicar ante la situación sin precedentes que atravesamos. Sí, el escenario se muestra difícil desde muchos ángulos, eso es algo que no podemos soslayar. Sin embargo, hay una gran aliada que nos ofrece la mano: la esperanza. La esperanza como cimiento para una actitud optimista.

Muchas personas piensan que ser optimista es ingenuo por ser una actitud basada en sueños e ideales y no en la realidad. Los pesimistas se ufanan de ser más realistas. Su visión de la vida se sostiene en la creencia de que el mundo es malo, no tiene remedio y tiende a empeorar. Quizá creen que esa estrategia les protege de una decepción mayor.

Eso por eso que los pesimistas adoptan una mentalidad negativa. Tienen la creencia en que las cosas no mejorarán; y en que estamos impotentes ante el desenlace de nuestra vida. Su frase favorita suele ser: “Te lo dije”. Sin embargo, dicha manera de pensar tiene serios efectos secundarios: la desesperanza, que impide sacar todo el potencial de las personas, además de llevarnos a la infelicidad y al fracaso. ¿Qué ganamos con esto? Nada. Que la gente se aleje, que la fuerza de la vida se disipe y que las oportunidades brillen por su ausencia.

Optar por la esperanza

La esperanza es fe en el futuro. Es convencernos de que “todo va a estar bien” a pesar del contexto. Es una fuente de fortaleza. Es saber que el bien es más fuerte que el mal. Es aquello que sientes y te motiva a seguir adelante. En fin, aquello que puede transformar un desierto en tierra fértil. Por todo esto es importante.

Tener una actitud positiva no es inútil, pues ésta se basa en la creencia de que la vida es buena y la gente es capaz de ser bondadosa. Claro, cualquiera puede ser optimista cuando todo marcha convenientemente, pero cuando la vida se ríe de nosotros necesitamos una creencia sólida en que “todo va a salir bien”.
El optimismo requiere abrirse a la posibilidad de que nuestros pensamientos, nuestras creencias y nuestras conclusiones de pensamientos moldean lo que finalmente se manifiesta en la experiencia.

Entonces, optar por la esperanza es algo esencial para la vida, es una decisión que nos puede llevar a atravesar los túneles más oscuros de la vida. Crea posibilidades, nos sostiene, nos mantiene fuertes mientras la tormenta pasa. La esperanza es asirnos de una cuerda y saber que sin importar lo mal que se vean las cosas, todo saldrá bien.

Ahora que la vida se ríe de nosotros, optemos por la esperanza, elijamos vivir en el presente y creer en la bondad, en la renovación y en el futuro. Claro, sin dejar de trabajar por ello.

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